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jueves, 9 de noviembre de 2017

CRÓNICA: Avalanch + Oker Garaje Beat Club 29-10-2017

El concierto se preveía raro, quizá porque los domingos son para reposar el alcohol de viernes y sábado con sofá, peli y pizza, pero la ocasión de ver a Avalanch al lado de casa bien merecía un esfuerzo. El Garaje beat de Murcia era el lugar elegido, y Oker los teloneros que les van acompañando en su gira quince aniversario de “El Ángel caído”.

Los madrileños empezaron tarde y acabaron pronto, quizá las dos horas entre un grupo y otro no estaban medidas para el set list de Oker. Tampoco acompañó el sonido, bastante pobre. Algo extraño en una sala que suele destacar precisamente por ese punto.Tampoco ayudó el público a calentar el ambiente, estáticos como piezas de museo por mucho que Xina se empeñase en animar con palmas o coros. Apenas unos saltos en primera fila. Una pena. El heavy ochentero, macarra y callejero de Oker no transmitió lo que ellos esperaban.


Y tras un parón para cambio de escena salió el jefe de la banda. Alberto Rionda arrancó con el solo de “Santa Bárbara”, enlazando ya con la banda al completo temas como “Hacia la luz” y “Tierra de nadie”. Mike Terrana se hizo de notar desde el primer momento, el power metal de Avalanch sonaba en toda su esplendorosidad. Con el público ya sin el óxido en las bisagras, llegó uno de los himnos de la noche, la que le da nombre al disco honrado y a la gira. “El ángel caído” puso el nivel del concierto al máximo.

Siguieron cayendo temas mientras Magnus Rosén, ataviado con su eterna sonrisa, movía continuamente su larga melena y pisaba las cuerdas fluorescentes de su bajo, se prestaba al juego con el público, posando y interactuando con las primeras filas. También se disfrutó de un pique entre Alberto y Salán, que mostró el buen rollo que hay en la formación actual.



Antojo de un dios” fue la última parada antes del solo de batería de Terrana. Un puro espectáculo de potencia, destreza y técnica, pero donde, siempre al parecer de un servidor, le sobraban florituras con las baquetas y algún minutillo de solo. “Las ruinas del Edén” con el frontman Israel Ramos solicitando los coros del público fue el último tema antes del parón. Apenas se oyeron algunos gritos y silbidos entre el personal, a sabiendas que quedaba la mitad del concierto y que no era necesario solicitar la vuelta de la all star band.

Y volvieron, pero solo Rionda y Ramos, para marcarse un par de temas en acústico. Quizá fuesen los minutos de espera hasta que el roadie arregló el cable que no funcionaba en la guitarra acústica de Alberto, o que veníamos de una primera parte muy potente, pero el intimismo que se buscó con los dos músicos y un solo instrumento no caló. Muy al contrario enfrió demasiado los ánimos, hasta se vieron demasiados paseos al aseo o a la barra. El señor Rionda se retiró y dejó a Ramil, pianista, a solas con la voz. Un poco más emotivo y elegante este trozo, pero sin demasiada repercusión.

Y, como si de un coitus interruptus se tratase, llegó otro solo. Si al de Terrana le sobraron minutos, al de Magnum Rosén le sobraron horas. Está muy bien que Rionda quiera presentar al elenco que ha juntado para la triunfal vuelta de Avalanch, pero el público quiere material, no adornos y técnicas personales. El personal se miraba entre sí, viendo como a medida que pasaba el concierto la sensación era cada vez más fría.

La banda al completo volvió a aparecer y repasó algunos de los temas más antiguos y rematar la tanda final con el mítico “Torquemada”, en una gran descarga de power metal. No comentaré, por decoro, los bises que sonaron después, invitando a la gente a subir al escenario mientras Jorge Salán cantaba temas de Gary Moore.


 Concierto de más a menos, con temas en el tintero y, también es cierto, una gran banda que, con un planteamiento más eficaz, hubiera hecho un evento histórico.




 

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